viernes, 19 de diciembre de 2008

Eclipse de luna...



El cielo olía a dulce y a sexo.

Aquel par de seres habían hecho el amor entre soles y lunas, por primera vez.



Era de día, pero las estrellas tapizaban, brillantes, el piso en que se reconocieron el hambre de besos, de alma y piel.

Detrás suyo había un caudal de pasado sentimental y erótico no resuelto del todo; un insospechado y natural registro de bocas añejas, lejanas, prestadas, profanas, propias, quemantes, desdibujadas, instaladas; encuentros y adioses amarillentos como el color que tiñe al recuerdo.

Pese a ello, sus ojos se encontraron nuevos, luminosos, sin rastros ni fantasmas. Manos y lenguas iban y venían, tenues, salvajes, atrevidas. Ahí no había más nombres que sus nombres, cuerpos de marfil ardiente, limpios en ese instante de las sombras, del obscuro.

Nada se dijeron. Nada que no fuera su agitado aliento o esa suerte de lamento placentero que precede a la dulce y húmeda muerte, se escuchó en ese pequeño universo.

A ojos cerrados se miraron el alma sin entender aquello sin nombre que ahora les unía.

Cuánto dolor se leyeron por dentro y con cuánta inocencia pudieron imprimirle al intenso deseo que les provocaba amarse. Era como si con cada beso buscasen la cura, la restauración del otro; la eterna sonrisa.

Qué poco importaba el adiós anticipado, la realidad crispante, el filoso pinchazo del dolor; la aparente utopía de esa, su nueva historia.

Ese par había nadado hasta la fibra más profunda de su espíritu y, el asomo a ese rincón desconocido, había bastado para dejar secretos al desnudo en ese espacio en que el miedo pierde y gana fuerza, en donde nada se oculta, ni siquiera el corazón.

Y luego la luz, la piel en un abrazo, el agua dulce en cascada, el cielo convulsionado, las estrellas derramadas... el eclipse de luna.

De la serie "El de Hoy..."
Enero-febrero 2005

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